De-presión infantil – (Maria Paz Lancho – Team Emotional MAB)

por Maria Paz Lancho

Los niños y niñas tienen formas únicas de comunicarnos lo que están sintiendo. Es un error tratar de equiparar o comparar las formas de comunicación infantil con las formas más maduras; y resulta conveniente partir de la idea de que son “lógicas” muy distintas. Pongamos como ejemplo que, si los hijos o hijas se enferman, lo más sensato es buscar un pediatra especializado que les atienda; y no buscar un médico de adultos que acomode sus conocimientos de alguna manera para que calcen en el tratamiento del niño o niña. Creo que ningún cuidador se quedaría muy tranquilo con la segunda opción, y es que cuando hablamos de las necesidades y comunicaciones en la infancia no se trata de hacer una regla de 3 con nuestras formas adultas.

Ahora, cuando nos referimos a la depresión en la infancia, de ninguna manera nos estamos refiriendo a que es igual a la depresión de un adulto y que solo, en esta ocasión, se presenta en un niño. Las vías, mecanismos y manifestaciones, resultan muy distintas. En lo único que podría coincidir, es que hablar de depresión es hablar de un enorme sufrimiento. Entonces, quizá convenga iniciar hablar de este.

Los niños y niñas tienen muchas maneras de responder frente al sufrimiento. Más que reacciones, es importante entender que se trata de formas (mecanismos), generalmente no conscientes, para lidiar con el dolor y sufrimiento. Estos comprenden una gama bastante amplia: evitación, rechazo, retraimiento, molestia, etc. La respuesta “depresiva”, según algunos autores, sería la última respuesta que se usa para impedir la impotencia frente al dolor físico y psicológico (Sandler y Joffe en Marcelli & Ajuriaguerra, 1996).

Siguiendo a Marcelli & Ajuriaguerra (1996), los autores recopilan 10 manifestaciones de la depresión infantil a las que debemos saber reconocer y escuchar:

1.     Humor disfórico (es decir: humor melancólico, pesimista, culposo)

2.     Autodepreciación (frases repetitivas como “no se”, “no puedo”, “no soy bueno en…”).

3.     Comportamiento agresivo

4.     Trastornos del sueño (insomnio, pesadillas frecuentes)

5.     Modificaciones en el rendimiento escolar

6.     Retraimiento social

7.     Modificación en la actitud hacia la escuela

8.     Quejas somáticas (es decir, del cuerpo)

9.     Pérdida de la energía habitual

10.  Modificación inhabitual del apetito o el peso

Quizá, quienes leen esta lista se estarán preguntando por qué no se encuentra el llanto como manifestación enumerada. Y es que, comúnmente, cuando pensamos en una persona deprimida ya sea niña o adulta, nos representamos la imagen de alguien llorando. El llanto, según coinciden diferentes especialistas de la infancia, es un ejercicio amplio que aplica a diferentes situaciones de incomodidad. De hecho, es frecuentemente considerado como un ejercicio de protesta sano y activo, una respuesta saludable frente a sentimientos de tristeza o necesidad; y más bien lo que debería preocuparnos más es su ausencia o reemplazo mediante conductas de aislamiento, desesperanza o pérdida de energía (Brazelton, 1992). Por su puesto, lo anterior no quiere decir que aplaudamos el llanto o nos mostremos indiferentes y dejemos al niño o niña sola con sus lagrimas. Entendamos el llanto como una respuesta saludable que, igualmente, se debe atender y entender como forma de comunicación.

Seguramente, luego de leer la lista anterior, una segunda interrogante que puede emerger tiene que ver con cómo interpretarla y cuándo preocuparnos. Si bien no basta con apelar al sentido común, una cuota importante de intuición nos guiará al respecto. Al fin y al cabo, nadie conoce mejor a los niños y niñas que sus mismos padres. Preguntarse cuándo han aparecido estos “síntomas”, es un buen primer paso. Ello quiere decir, pensar el contexto de su aparición y sus primeros indicios: ninguna de estas conductas apareció “de la nada”, seguramente se puede hacer el ejercicio de recapitular el inicio y reconstruir cómo se han intensificado en el tiempo. Por otro lado, también es importante pensar si hay un motivo lo suficientemente significativo que de sentido a tales experiencias: la pérdida de un familiar, conocido, mascota, separaciones importantes, eventos familiares relevantes, etc.

Siguiendo el párrafo anterior, es importante señalar que muchos autores asocian el desencadenamiento de estados depresivos infantiles con la vivencia de separaciones. Resulta importante saber leer bien ello: cuando se habla de separaciones, no se reduce a las experiencias exclusivamente concretas de separaciones como el viaje de un cuidador (ausencia literal), sino también a otras experiencias que el niño o la niña pueda vivir como si fuera una separación, a pesar de que no haya una ausencia concreta. Por ejemplo, pensemos en eventos como: la llegada de un hermano o hermana, la enfermedad severa de algún familiar, o el aumento en la carga laboral de los cuidadores. Esas experiencias, si bien no implican una separación literal, si involucran que el niño pueda percibir una disminución en la disponibilidad de sus cuidadores. Ahora, cuando hablamos de separaciones concretas, es importante considerar aquellas que van más allá de los cuidadores principales: vacaciones o cambio de nana, pérdida de un juguete favorito, despedidas con profesores, disminución del tiempo compartido con familiares importantes como abuelos, tíos, primos, etc.

Ahora ¿lo dicho en el párrafo anterior quiere decir que debemos cuidar a toda costa que el niño o niña jamás perciba una experiencia de separación? Por supuesto que no. Comenzando porque es parte del desarrollo lidiar con experiencias de separación, resulta inevitable proteger a un hijo o hija en una burbuja contra ello. Además, muchas de las situaciones descritas arriba, suceden con mucha frecuencia e incluso son parte de muchas historias familiares. Lo que si se debe cuidar a toda costa es estar alerta a cuando los niños y niñas están viviendo esta experiencia de separación, para poder acompañarles en ella de manera adecuada. Es fundamental para su desarrollo que no se sientan dejados de lado con una experiencia tan compleja que, en soledad, puede resultar extremadamente abrumadora.

Acudiendo nuevamente a Brazelton (1992), este especialista infantil nos dará algunas recomendaciones acerca de cómo responder al niño o niña cuando se identifican señales de depresión: tomarlo con mucha seriedad, validar cual sea su sentir, intentar ayudarle a entender su sentimiento (antes de ofrecerle soluciones), acompañarle con paciencia sin caer en el apuro de aliviar rápidamente, promover actividades en las que él o ella se sienta competente, no presionarle, y hacerle sentir protegido y seguro. El autor concluye con la idea de que la depresión es un llamado de ayuda. Mientras que sentimientos de tristeza o soledad ocurren en muchos niños y niñas, los padres deben evaluar si es que estos son transitorios o si resultan abrumadores y, en tal caso, buscar ayuda externa adecuada. Recordemos que la infancia es una etapa altamente sensible en la que se forjarán funcionamientos muy delicados; y las formas de relacionarnos y vincularnos en la adultez serán resultado de ello.

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